La gracia juglaresca de Placido: un homenaje al Bardo del Yumuri.
25 marzo 2009, 9:24
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Por Mauricio Cifuentes Nodarse

 

La polémica de Placido ya tiene doscientos años. A dos siglos del natalicio de Gabriel de la Concepción Valdés, siguen resurgiendo aspectos vinculados al Bardo que entretejen, complejizan y enriquecen el panorama político, social y cultural que envolvió la vida de este cubano inmenso. La ciudad de Matanzas ha preparado homenajes en las voces de sus más altos representantes literarios con el fin de revestir con el carácter solemne que se merece esta fecha. Su figura ha sido resaltada en diversos espacios de la prensa plana y la televisión nacional: Placido es colocado nuevamente, por consenso, en el encumbradísimo pedestal que la historia y la cultura cubana le han conferido y del que nunca se debió intentar deponer.

Gabriel de la Concepción Valdés es apreciado por la media como una figura a medias tintas: como poeta, aunque precursor del criollismo en la lírica cubana, no logra superar ni en perfección técnica ni en profundidad conceptual a los más grandes exponentes de sus contemporáneos románticos, José María Heredia (por quien el poeta sentía una gran admiración, como puede verse en su poema La Malva Azul) y Domingo del Monte, siendo este más un versificador espontáneo, empírico, y también lleno de lugares comunes, y como revolucionario, su nombre ha sido reiteradas veces manchado, acusado de la delación de sus compañeros en la conspiración de la Escalera. Sin embargo, estos criterios parecen ser muy superficiales, o desactualizados.

En el artículo Un improvisador cubano, publicado en Hojas Literarias el 28 de febrero de 1894, Manuel Sanguily se refiere al poeta Placido en términos poco elogiosos y visiblemente injustos, acusándolo de traidor a la Conspiración de 1844. Esta fue una de las voces que, de forma sistemática y contundente, se alzan contra la actuación de Gabriel ante la farsa inquisitorial en que se vio envuelto junto a los otros diez compañeros suyos en enero de aquel fatídico año. Algunos autores consideran que la causa criminal es creada a raíz de una carta que envía Del Monte a altos funcionarios del gobierno norteamericano, delatando los planes que fraguaban ricos terratenientes criollos cubanos, de la raza blanca, junto a agentes británicos radicados en la Isla, para provocar una sublevación de los esclavos en las plantaciones azucareras, y lograr que estos fuesen sustituidos finalmente por mano de obra libre y asalariada. Que, a partir de que esta información llega a manos de las autoridades españolas radicadas en la Isla, y con el afán de golpear de modo ejemplarizante el fomento de ideales y proyectos sediciosos que se cocinaban a la sazón, el gobierno colonial crear una supuesta “Conspiración de la Escalera” liderada por las más ilustres figuras de color existentes en la Isla. Una lista que facilitaría más adelante el archiconocido Miguel Aldama mostraría la relación de estos personajes, entre los que se incluían a Manzano, Ble Rely, Ceballos, Brindis y como es lógico, a Placido. La cruel represión de carácter rascista no se limito a estos antes mencionados sino que fueron considerados enemigos de España todos aquellos que se involucraron en el proceso incriminatorio con el fin de gestionar la puesta en libertad de los acusados, como fue el caso del Cónsul Británico, de José de la Luz y Caballero, Félix Tanco, Benigno Gener y Manuel Martínez Serrano.  El 30 de enero de 1844, 38 días más tarde de haber sido detenido y encarcelado mientras bailaba en una fiesta con sus amigos, fue asesinado junto a Cerice, Flores y otros reconocidos hombres de color, el poeta Gabriel de la Concepción Valdés. Fueron perdonados todos los sublevados en la zona de Sabanilla, cuyas acciones habían sido aparentemente organizadas por Gabriel de la Concepción Valdés.

Respecto a este tema histórico apunta Lezama en 1966: “Pero hay que darse cuenta que Placido, a medida que recibía mas elogios, que se iba resolviendo más como poeta, ponía más en riesgo su vida, es decir, iba ascendiendo hacia esa categoría de sacralidad, iba ascendiendo a una categoría de Rey. Ya se empezaba a decir que Placido era el hombre que iba a dirigir ese movimiento, que Placido iba a ser el Rey de Cuba, que Placido iba a ser el Presidente de Cuba. Placido está a merced de este destino que viene sobre él y que en definitiva lo va a matar. Porque, por ejemplo, han pasado cosas muy raras: por ejemplo, Salas y Quiroga, en su Viaje, que representa conceptos nuevos, porque Salas y Quiroga es un amigo de Larra, hombre de ideología muy nueva, un español muy simpático de su época, un hombre muy liberal que comienza por reconocer el derecho de los cubanos a luchar por su independencia, se empeña en divulgar por España las poesías de Heredia. Un hombre de prestigio, ha colaborado en las revistas de los grupos juveniles de España en esos momentos, muy amigo de Mariano José Larra, declara en su Viaje, paladinamente, que el primer Poeta de Cuba en esos momentos es Placido. Entonces hay que darse cuenta de la situación que tiene este hombre. Los grupos inteligentes blancos, en los cuales esta Domingo del Monte, comienzan a verlo de reojo, los hombres de color también lo ven de reojo, porque es un hombre que tiene muchas amistades, amistades de gente eminente por el saber; es un hombre que saber llevar la cotidianeidad de sus días, tiene la alegría de la poesía que hace; va siendo mirado de reojo por los negros, por los blancos, por los mulatos y va entrando en la carrilera final de su destino.” En otro momento.

Otros autores defendieron la dignidad de Placido ante el suceso. Una de las voces más notables y exactas fue la Juan Gualberto Gómez, que declara que la clase de color en Matanzas de la época ocupa una situación muy interesante en la Isla, puesto que al ser rica, ilustrada, culta, con comportamientos y conciencias dignas, su existencia debe haber preocupado al reinado entonces, quienes, pensando con una certera ingeniosidad que no podía negarse que esos hombres detestasen el despotismo y demás, tarde o temprano cooperarían a cualquier costo para asegurar la libertad de su raza así como los derechos de su país, y que ese fue el por qué la tiranía  no se contuvo en arrebatar sus vidas, así como hicieron todos los esfuerzos maquiavélicos para atribuir a ellos el despreciable proyecto de la matanza de blancos, con el objetivo de causar indignación y miedo hacia ellos y establecer la división entre las dos grandes ramas de la familia cubana.

Por tanto, puede apreciarse que existía un estado de opinión muy favorable hacia la figura de Gabriel; este era muy popular entre los ambientes literarios y políticos, que compartían ideales liberales, abolicionistas y de avanzada, que sin duda alguna también compartió el Bardo. De hecho, antes de ser detenido en enero, ya había sido apresado con anterioridad un par de veces en la ciudad de Trinidad bajo cargos similares. Aun así, muchos somos los que parecemos inclinarnos ante la celada maestra que les tendió la tiranía española a estos hombres mas de pensamiento que de acción, aprovechándose, no viceversa, de las rencillas artísticas y personales que pudieran existir entre ellos, sembrando la desconfianza y la deslealtad entre los escritores cubanos.

En el plano literario, ya no político, la disputa sigue siendo igual de encarnizada. Durante décadas los críticos se han disputado su exacto lugar, y las posiciones son muy variadas: desde los que lo consideraron el primer gran Poeta cubano, los mas lo ubican por su periodo dentro de los autores románticos, los que lo ubican como predecesor o creador del siboneyismo, los que por el contrario, lo alejan de la poesía afrocubana acusando a sus versos de un refinamiento demasiado “blanco” para su condición de criollo mestizo, y los menos, que consideran sus poemas vulgares y carentes de reconocimiento literario. Hay un par de verdades en todos estos argumentos: Placido es un poeta popular, que compuso muchos de sus versos durante tertulias, fiestas familiares y otras improvisaciones. Como redactor del periódico La Aurora de Matanzas, donde recibía un salario de $25, debía componer un poema cada día. La alegría contagiosa de sus versos, sus cantos a las frutas, a las inocencias de las bellezas femeninas, la naturalidad con que recrea paisajes, ambientes, con que reinventa una Cuba de naturaleza exótica, olores y sabores encontrados y degustados, se aleja ostensiblemente de los excesos románticos,  de la propia naturaleza del lirismo romántico. De que es fundador del criollismo lírico ya no parecen quedar dudas, las décadas reivindicaron su nombre colocándolo a la cabeza de una amplia lista que tendrá de discípulos hasta a la mismísima Lydia Cabrera. De vulgaridad literaria nada; los lugares comunes parecen justificados por lo que Lezama llama: “ese tipo de poesía llena de lugares, pero que están salvados por el acento, es decir, el acento actuando en la unidad de la visión; ese tipo de poesía, por ejemplo, lo encontramos también en el ‘Canto de Teresa’, de Espronceda, unas octavas llenas de lugares comunes, pero el acento, el pathos, y sobre todo eso, la perspectiva que se crea en una unidad de la visión, le da realmente un acento, una gravedad a la palabra poética, que realmente es el riesgo final que lo salva.” Esta otra referencia del “Maestro” Lezama se ofrece, ya conclusiva, con el ánimo de dejar abierto a la pluralidad de criterios, este análisis literario: “(…) Pero ese sacrificio no siempre es condición del temperamento, otras es impuesto por las circunstancias. Así el caso de Placido, regido por sus condiciones de juglar, de poeta conducido por una fina espontaneidad, llega a vivir la poesía con una alegría que era una ganancia sobre las dificultades que había tenido en su vida. Donde quiera (sic) que llega le piden que presente a la poesía. Improvisa y vence con gracia suma las dificultades de la rima. En una ocasión se le pide que improvise una décima con un pie forzado, la campanilla de que. En broma trazan las dificultades para verlo dar siempre la prueba que se esperaba. Placido sin inmutarse se entona y de inmediato da la solución:

 

Un cáliz y una paterna                

Y una campanilla quiero

Y espero, señor platero,

Que ha de ser cosa muy buena.

Por la paga no os de pena

Que yo la satisfaré;

Los primeros que nombre

Han de ser de oro muy fino,

Y ahora no determino

La campanilla de que

Nunca, creemos, se ha señalado la esplendida belleza de esta improvisación. Parece como si Placido entrase en la platería de ese maestro en su oficio, pero ya dueño por la poesía del taller. Es una décima digna de ser musicalizada por Saumell o por Ignacio Cervantes. Lo más logrado de la poesía de Placido esta conseguido con este toque de improvisación ligera, como si recibiese con suma elegancia la primera arribada de la inspiración. No profundizaba sus temas, pero si lo hiciera, creemos, dado su temperamento, ofrecería nuevas deficiencias (…)”. 

 

 

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2 comentarios so far
Deja un comentario

Aunque me toca muy de cerca porque quien escribe es mi nieto, me ha hecho conocer a un Placido que desconocía, gracias Mauricio sigue por ese camino que vas bien

Comentario por Coralina

esta bien. gracias.

Comentario por NJ Escorts




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