Tiempo de magos
3 septiembre 2009, 13:09
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Por: Lester Sibila

Reservado el cielo y vislumbrado el horizonte, no resta más que esperar, esperar y rezar por el porvenir de nuestros jóvenes. Pero no todo es pesadumbre, siempre queda la esperanza, y por supuesto nuestros rezos. Todo viene por una simple lectura, tan simple como este articulo. Era sobre Beatriz Maggy, profesora de la facultad de filología, que leía en la revista Palabra Nueva, una publicación de la Arquidiócesis de La Habana.  

En espera de las clases

En espera de las clases

La dicha de contar con profesores como ella, quien según Segio Abel, por demás su alumno y admirador, deslumbraba por su simpleza cautivante y su humor inteligente, es privativa de muchos universitarios en la actualidad. Con esa seguridad propia de quienes saben lo que hacen, la profe Maggy – que a estas alturas es casi mía – bien podría ser un ejemplo del magisterio en la educación superior: de sus labios brotaba el conocimiento y por sus manos llegaba el arrepentimiento; arrepentimiento cuando las calificaciones te dejaban el mal sabor de saber que has perdido el tiempo. Pero como Maggy existen otros ejemplos de excelentes educadores en diferentes tiempos, y desdichadamente también existen ejemplos de lo contrario, más aún en nuestro contexto. 

 

Al ejercicio del magisterio no se llega por imposición, o al menos no se debería, sino por vocación y preparación. Pero vienen estos tiempos, los tiempos de la necesidad y la escasez; y en ellos se nos pierden nuestras Maggys, y nos aparecen nuestros magos. Y no solo en las universidades, sino en todos los niveles de enseñanza. En la primaria y secundaria la formación emergente de maestros, respuesta a una crisis del sistema educacional, va dejando ver sus desmanes y consecuencias. Por la enseñaza media desfila un grupo de recién graduados sobre los cuales dejan caer el peso de la formación de los técnicos del país, misma suerte que comparten los becados aspirantes al bachillerato. La enseñanza universitaria no escapa de esta moda, y los que hoy nos formamos en sus diversas modalidades, carecemos de los severos y circunspectos profesores que una vez frente al aula imponían un respeto que rayaba, en ocasiones, en el temor; esto por aquello de la reputación alcanzada con los años de profesión que no siempre, casi nunca, se reducía al espacio universitario, sino que se proyectaba hacia el exterior reconociéndose también por las instituciones ajenas al magisterio. De hecho solía ser que una vez alcanzado el éxito, la alternancia entre aula y creación se complementaran mutuamente. Pienso en la generación que tuvo el placer de asistir a las, quisiera decir clases, pero realmente más que clases eran conferencias o lecciones brillantes como las de Mañach o quizá, un poco más actual, las de Calviño frente a su alumnado de sicología, entre otros muchos.

 

A fuerza de costumbre los estudiantes cubanos, en su mayoría, se han acomodado en el engañoso cimiento de las medias tintas y la falta de rigor que de a poco se apodera del sistema educacional. Quizá peque por exceso al describir semejante panorama, y nada me sería mejor; pero temo que una mirada escrupulosa confirme mi pesar y  termine por tener razón.

 

Intentando dar calificativo al contexto, diría que nos han tocado tiempos de ensayar, de experimentar y eso por supuesto tiene su precio, en ocasiones bastante caro. No dudo que entre quienes hoy ejercen el complejo arte de enseñar, se encuentren escondidos nuestros mejores pedagogos, los profes del mañana. Muy válido sería decir, también, que entre los que hoy desarrollamos el difícil arte de aprender están perdidos los talentos del mañana, marginados en algún modo de las fuentes vivas del conocimiento, de sus mejores exponentes. No se trata de negar la oportunidad a los que apenas comienzan, quienes sino ellos garantizarán el relevo. Luego aceptar quedarnos fuera de la oportunidad de formarnos discípulos de los grandes, de los mejores, bien vale destacarlo, sería, entonces, negarnos la oportunidad de descubrirnos en la exigencia, bajo la presión constante que un buen ejemplo nos inspira. Atrás quedaron los tiempos de Maestros y discípulos, ahora los últimos caerían en la categoría de estudiantes, de aprendices, los primeros en simples transmisores, y dentro de estos, los mejores, en buenos educadores.

 

 En las manos de nuestros educadores esta mucho más que el futuro de sus estudiantes, en ellas va la actitud que habrán de tomar ante la vida los por ahora jóvenes, y estos a su vez, sobre los valores aprehendidos, transmitirán más adelante a las futuras generaciones, creando así un circulo vicioso nada sencillo de desmontar. “¡Mal va un pueblo de gente oficinista!” Expresó Marti en una ocasión, parafraseándole pues, tendría: ¡Mal va un pueblo de gente emergentista!

 

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1 comentario so far
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Socio, no sé de verdad que es lo que te sorprende. En los niveles hasta el medio, simplemente a nadie le interesa trabajar, uno por falta de vocacion, porque los sistemas son muy dogmaticos, limitados, ineficientes, etc, o, aun teniendo la vocacion y haciendose uno de la vista gorda con todo lo demás, está el factor remuneracion y los famosos ¨frijoles¨ que hay que echar en la olla a fin de mes. En la universidad ya es otra cosa, al menos en la UH, alli casi todo el mundo quiere quedarse de profesor, por los viajecitos, los contactos, el chichi, etc… entonces es muy complicado el proceso de seleccion de uno de estos ¨profesores¨. Se tiene en cuenta trayectoria politica, investigativa, etc, y no siempre las mentes lucidas a lo Maggi coinciden con las de los proclamadores de discursos de barricada asi que… voila! esto es lo que tenemos

Comentario por mauro




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